martes, 6 de noviembre de 2012

La huelga de hambre en Telefónica: una mirada personal desde dentro.

Segundo día de la huelga de hambre en Telefónica [1]

Los huelguistas han pasado su primera noche en la sede sindical de Telefónica en Barcelona. Dos personas se han quedado con ellos para acompañarlos. A las demás nos costó dejarlos anoche y esperábamos con impaciencia el momento de volver al centro neurálgico de todo.

Cuando llego, los huelguistas están reunidos con los médicos, luego hay rueda de prensa. En la sala algunos compañeros y compañeras están ocupados en las incontables actividades concretas que supone organizar una acción así. Vienen, van, comentan, organizan, hacen. Trabajan. Se respira buen humor y actividad incesante. La huelga la hacen sólo algunos, pero la sentimos de todos y todas. Los huelguistas también desprenden buen humor. Les preguntamos cómo están, con una preocupación quizá prematura y sonríen: - “Bien, si sólo ha pasado una noche”.



Claro, sólo ha pasado una noche, pero pronto la naturaleza se enfrentará a su conciencia y ese momento no tardará en llegar. De momento sólo sienten hambre. Pero pronto vivirán en primera persona una lucha entre cultura y natura. La cultura les empujará a seguir con la huelga de hambre como forma de protesta extrema, surgida de un hondo sentimiento de indignación ante la actitud prepotente de la empresa. Y la natura se rebelará contra la cultura e intentará imponerse a ella debilitando sus cuerpos, consumiéndolos.

Una huelga de hambre por conciencia de clase 

Muchas personas se preguntarán por qué unas personas ponen en riesgo su salud por un solo despido. Sin embargo, otras muchas comprenden perfectamente la acción y también la obsesión por romper el cerco mediático. La obsesión porque la opinión pública sepa que una empresa millonaria como Telefónica, que debería crear empleo digno, no sólo lo destruye, sino que en un acto de soberbia absoluta se niega a readmitir a un trabajador que ha ganado dos juicios, uno nulo y otro improcedente. 

Pero esta huelga va mucho más allá de la lucha por la readmisión de un compañero despedido. Estoy convencida de que las muestras de apoyo y solidaridad que estamos recibiendo, con mucha emoción, se deben a estas personas interpretan el fenómeno de este despido y nuestra reacción en términos de conflicto de clases. Así lo interpreto yo. Y así lo interpreta Carlos, delegado sindical de co.bas y uno de los huelguistas, quien considera que el hecho de que tengamos que recurrir a la huelga de hambre es una muestra de la debilidad del movimiento sindical. 
Foto: Groundpress.org 

Un grito desesperado 

Quiero saber qué le ha llevado a tomar la decisión de ponerse en huelga de hambre. Me explica que los y las trabajadoras cada vez confían menos en la eficacia de la huelga sindical como herramienta de lucha. Y hace hincapié en que se está refiriendo a la plantilla comprometida con la acción colectiva. “La gente lo expresa en las asambleas” - me dice – “les afecta ver que, a pesar de las huelgas, no se para la producción porque casi todo está externalizado. La capacidad de incidencia en la producción es prácticamente nula. No perciben ningún impacto en la empresa. Eso les va desgastando”. “La idea de la huelga – afirma - surgió como una medida extrema al comprobar que habíamos agotado todos métodos tradicionales de lucha colectiva y que no conseguíamos nada; que ya no teníamos más recursos, ya no nos quedaban más opciones. Lo habíamos hecho todo menos una huelga de hambre; era un grito desesperado”. Pensaban que lo único que podían hacer para romper el cerco mediático era algo así. Pero no es muy optimista. Piensa que será muy difícil que esto salga a la luz pública. Por el chantaje de la publicidad, dice, pero no sólo por eso. También por los vínculos entre los ejecutivos de las grandes empresas y los de los medios de comunicación [2] 

La debilidad a la que hace referencia Carlos se aprecia claramente si se analiza el contexto estratégico del conflicto. La empresa realizó dos despidos por bajas médicas justificadas antes de la negociación del convenio, en el que quería conseguir un ERE de unas 6000 personas. Y en la negociación del convenio la empresa consiguió su ERE, pero los sindicatos no fueron capaces de conseguir que la empresa admitiera a esas dos personas a cambio. Eso en el mismo año en que la empresa repartía dividendos récord a sus accionistas. Si los sindicatos no pueden conseguir en una negociación intercambiar 6000 despidos por 2 personas contratadas en una empresa millonaria, algo estamos haciendo mal. 

Los objetivos de la huelga 
Cuando le pregunto a Carlos por los objetivos de la huelga me habla de objetivos colectivos. Quiere que salga en todos los medios de comunicación “que se están haciendo animaladas”, “que con la excusa de la crisis le están diciendo a todo el mundo laboral que calles, que obedezcas y que asumas y nada más (…) que es o la precariedad total o el paro, esas son las dos únicas vías que te dejan”. Y Carlos cree que eso es totalmente mentira, totalmente falso. Puede entender que haya empresas que tengan verdaderos problemas, empresas pequeñas que tengan que hacer recortes. Pero piensa que muchas empresas lo único que buscan es más beneficios o mantener un nivel de beneficios en épocas en las que no pueden hacerlo. Empresas, afirma, que deberían, en vez de destruir empleo, crear empleo. “Y en la mayoría de las grandes empresas – dice - empresas multinacionales, empresas medianas, están echando fuera a la gente para poder volverlas a contratar más baratas y eso lo vemos y lo vivimos todos.” Se refiere a la subcontratación. Una empresa subcontrata a otra, y esa a otra y esa a otra más, y esa acaba contratando a una persona en condiciones laborales precarias e indignas. 

“Y el mundo laboral”- dice Carlos – “tiene que despertar, la gente tiene que saber que no es cierto que tengamos que tragar con todo. Tenemos unas leyes que ni siquiera respetan y luego tenemos unas leyes que tenemos que cambiar, como la del caso que nos ocupa. No puede haber gente que por estar enferma se vaya a la calle. Eso no cabe en ninguna cabeza, más que en la de ellos y la gente no puede asumir eso.” 

Cuando le pregunto qué es lo que siente ante la actitud de la empresa me dice que siente rabia; que indignación es poco para lo que está pasando y lo que más le duele es que digan que es normal, que con el contexto que tenemos es normal y que lo tienen que hacer.. Y también le da rabia porque piensa que no acabamos de reaccionar porque en realidad no sabemos, no nos creemos lo que está pasando. Y no sabemos lo que está pasando porque los medios de comunicación cuentan una determinada interpretación de lo que ocurre. Infunden miedo a la población les cuentan que tienen que asumir lo que hay, o eso o serán unos marginados de la sociedad. Ve como la gente, asustada, está esperando un cambio, que las cosas mejoren. “Y no se dan cuenta”- dice “que si en algún momento llega a haber una mejoría será porque hay gente organizada, una minoría, que está luchando por ello.” 

Cuestión de ideología

El círculo se cierra. Las palabras de Carlos parten de la obsesión porque su discurso se cuele en los medios de comunicación y se cierran con la crítica al discurso que transmiten los medios de comunicación. La batalla es en realidad ideológica, discursiva. Recuerdo también las palabras de Erich Toussaint la primera vez que lo escuché hablar sobre la crisis de la deuda: “nuestro principal problema son los medios de comunicación”. 

Los medios de comunicación están transmitiendo una determinada interpretación del mundo. Una determinada manera de entender las relaciones sociales y una manera determinada de articular la economía con el resto de esferas de la sociedad. El discurso que justifica que se despidan trabajadores porque son caros o porque “no son rentables” considera que el mercado laboral es un mercado como cualquier otro y que la oferta (mano de obra) y la demanda (puestos de trabajo) se ajustarán y llegarán a un equilibrio si se eliminan ciertas imperfecciones del mercado (salarios mínimos, sindicatos, contratos indefinidos). La mano de obra se considera una mercancía y el intercambio entre trabajo y salario y un intercambio libre y en condiciones de igualdad. Este es el argumento de la economía que enseñan en las universidades y que se considera una ciencia exacta. Este es el discurso dominante y cualquier actitud enmarcada en este discurso tendrá más credibilidad en los medios de comunicación. 

Esta ideología, neoliberal, se enfrenta a otra en estos momentos minoritaria. Otra que considera que el trabajo no es una mercancía, sino una capacidad que nos ha convertido en lo que somos como género humano. Considera que el intercambio de trabajo por salario no es un intercambio libre, ni justo ni en condiciones de igualdad. Los trabajadores venden su fuerza de trabajo porque no tienen ninguna otra opción de ganarse la vida, una vez desposeídos de los bienes colectivos preindustriales. Los capitalistas no pagan todo lo que vale la fuerza de trabajo, se quedan con una parte de su valor y, además, se quedan con lo que producen los trabajadores y trabajadoras. Este discurso entiende las relaciones en términos de lucha de clases, un concepto que el discurso dominante quiere absolutamente desterrado de la opinión pública. 

La lucha de clases 
Ayer escuchaba en la radio como una comentarista hablaba en términos de conflicto de clases haciendo referencia a la encuesta según la cual la mitad de los ciudadanos del estado español siente que ha descendido de clase social. Otro de los comentaristas mostraba su estupor y rechazaba hablar en términos de lucha de clases, ese concepto obsoleto. Tienen mucho miedo a ese concepto, porque tiene mucha fuerza. Si consiguen mantenerlo fuera del esquema interpretativo de la sociedad, conseguirán que el miedo, la indignación, la rabia se canalice hacia cualquier otro lugar que no ponga en peligro su situación de privilegio. Si mantienen el concepto de lucha de clases alejado de la mente de las personas lucharemos contra las personas individuales como animales, por la supervivencia. Sin embargo, si conseguimos que la realidad se interprete en términos de conflicto de clases. Las personas se organizarán con otras personas fraternalmente para impedir que le roben su dignidad y dirigirán su rabia, no a otras personas como individuos, sino contra los privilegios de una clase que representa a la minoría de la población. 


[1] Estas reflexiones personales son fruto de una entrevista en profundidad realizada a Carlos, uno de los huelguistas de cara a realizar un futuro trabajo de investigación sociológica.
[2] Artículo sobre censura corporativa publicado en Attac Madrid http://www.attacmadrid.org/d/5/041221103748.php

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